jueves, octubre 28, 2004
El martes casi muero. Estuve a punto de ser atropellado por un coche: nunca pensé que tendría tanta agilidad en estas situaciones límites: salté el capó y ¡alehop!, salí indemne. Más tarde casi muero otra vez, pero del susto. Mi habitación es un pequeño ecosistema, porque su ventana está muy cerca de los jardines del bloque, y de vez en cuando se manifiesta algún que otro ser vivo asqueroso. Mientras consultaba el correo en casa, se me posó en el hombro una araña gigante y verde, no exagero. En fin, parece que últimamente se me va a salir el corazón por la boca, por unas cosas o por otras. El caso es que salté y grité, porque con las arañas no puedo ser racional y me sale el histerismo. Luego se me posó en la pierna, y volví a chillar y a intentar quitarla de mi pierna, por supuesto, evitando tocarla, con unas convulsiones bastante chungas.
Mi vida es un poco límite últimamente. Tremebundismo total. Al filo de lo imposible un poco. Que no, que esta vez no exagero. El caso es que esas situaciones límites al borde la muerte me hicieron recapacitar anoche y, sobre todo, antes de anoche, sobre las metáforas ferroviarias que son tan reiterativas en todas las conversaciones estas últimas semanas. En mi cama, sudaba y sudaba el catarro, tosía y tosía, y pensaba y pensaba. Y nada, siempre que me pongo en este plan, a definir cosas de mi vida, me siento imbécil. Tanto por lo que hago como por lo que no hago. Idiota, idiota, idiota.
Odio que me salgan entradas medioprofundas, básicamente porque yo soy una persona bastante superficial y dan una imagen de mí totalmente equivocada.
En fin, al menos tengo dos buenas noticias: me han dado plaza en el polideportivo municipal para nadar y me voy el sábado a Santiago de Compostela. Pienso beber ribeiro y comer empanada en cantidades industriales.
Estoy intentando encontrar las palabras... 1:01:00 PM