viernes, septiembre 24, 2004
Estos días trabajo mucho, así que salgo tarde del Halcón Milenario y apenas hago vida social. El miércoles dije que me iba al cine, llamé a Vaneguay y me dijo que se venía conmigo. Lo que pasa es que, como es médico y a una chica le dio un arrechucho en el metro, que luego resultó ser una tonta bajada de tensión, tuvo que hacerse la superdoctora oenegera y hasta que no apareció el samur y firmó la historia no se pudo marchar de la escena del crimen. Vamos, que nos quedamos sin cine porque se nos hizo tarde.
Mientras la esperaba en su portal a que se refrescase, porque teníamos que ir al Bodybell a comprar desodorante, leí una carta procedente del mismo Dogville, con las simpáticas narraciones de un pequeño astur in UK. Teníamos que ir al Bodybell, que es una franquicia que, junto con Yves Rocher, odio a muerte, porque Vaneguay tiene la tarjeta cómplice y le regalan cosas. Pero no nos regalaron nada. Luego fuimos a buscar a Cris a la oficina y luego a Lore y a Alber. Cuando llegó Elvi de trabajar, fue la absoluta estrella del meeting, porque últimamente ella tiene las cosas más interesantes para contar.
Su vida es un poco como capuletos y montescos. El chico de la Tierra de los Centollos viene al Bronx para pasar un fin de semana de amor con su adorada Elvi, pero su madre no se puede enterar, así que se ha montado unos inventismos para no ir a dormir a casa en los que, por supuesto, yo estoy involucrado. Yo sí que soy la tarjeta cómplice. ¿Y dónde dormirán? En un hostal a diez minutos del hogar de la madre iracunda!!! Es como un poco al filo de lo imposible. Como la cosa siga así, tendrá que salir del armario gallego ya. Con lo maja que es la madre de Elvi.
Ayer estuvimos en un bar leonés estupendo Rodri y yo mazándonos a cañas. Aunque había ido ya bastantes veces, ayer me dí cuenta de que el bar lucía una pequeña bandera gai. Luego miré al dependiente del bar, digamos, el jerifalte, y ví sus tatuajes, su pendiente, sus brazos descomunales, sus levis y Rodri, finalmente, que puso la oreja a una conversación del jerifalte vía móvil, constató nuestras sospechas. Luego nos dimos cuenta de que los dos camareros LO eran.
Una vez borrachos, nos dispusimos a pagar y el jerifalte, muy mazas y un poco jonsistiaga talludito, nos invitó a una ronda más. En fin, después de la simpatía, la invitación, el olor y sabor de las viandas leonesas, la tranquilidad que se respira y los bíceps del jerifalte, yo quiero ir ya siempre a este bar. Imaginad la escenita sexual, rollo porno, entre los fogones, la cecina y las ristras de ajos. Uf.